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Ojos Mirando Ojos

Bernardita Vattier siempre ha sido una incansable investigadora. A lo largo de su trayectoria y según sus experiencias vividas, ha buscado revelar en su arte una “visión” particular del mundo que la rodea. Lo ha hecho capturando en imágenes, y a través de diferentes intervenciones, temáticas vinculadas al medio ambiente, a nuestro modo de vida y a nuestra sociedad, en un lenguaje universal y muchas veces crítico, no exento de polémica.

En su última muestra, su obra amplió el análisis hacia la identidad. Allí, entre esos trazos, quedó insinuada una fuerte imagen que se convirtió en lo central que hoy nos plantea: un gran iris, un ojo apelando directamente a otros ojos, a cada uno de los espectadores que, de alguna manera, se sienten “observados”. De ahí el nombre de esta exposición: la “Mirada Observada”, ojos mirando ojos que no nos permiten seguir de largo ante ellos.

No es casual que, en la era digital, uno de los métodos de identificación de las personas sea la huella digital (ya abordada en su exposición anterior) y luego el iris.

Otro hecho paralelo a la investigación que inició Bernardita Vattier en torno a la mirada, fue la coincidencia de una operación a los ojos que por años había esperado; una operación que abrió para ella un abanico que le era desconocido: la percepción de colores más intensos y vivos, la maravilla de mirar directamente sin anteojos, algo que no podía dejar de influir en esta nueva serie de obras.

Fue así como se percató de que su inquietud personal era también la de otros, y que muchos artistas a lo largo de la historia se habían sentido profundamente atraídos tanto por el ojo como por la cualidad de la visión: el ojo como forma y como signo; la visión como potencia ordenadora de la realidad observable, o como carencia que puede llevar desde la más completa oscuridad a la distorsión de las imágenes.

Vattier se acerca hasta lo más central del ojo, el iris, y descubre allí no sólo su capacidad de ser signo de identidad, sino también las huellas que dejan en él las diferentes enfermedades que afectan la posibilidad de ver. Nos vemos de esta forma ante ojos ampliados a gran escala, con sus defectos “expuestos” —puestos allí a la vista nuestra—, como si el observador se acercara a ellos portando una lupa gigante.

En el proceso de dar forma a sus intuiciones, comenzó a observar detenidamente cómo el hombre representaba el ojo en el arte. En todo tiempo y lugar, desde Egipto y las primeras civilizaciones hasta la actualidad, percibió el afán y coincidencia de otorgarles un lugar muy importante a la visión y a las características fundamentales de los órganos que la hacían posible. Grandes, pequeños, abiertos, cerrados, enfermos, sanos, cada uno transmitía esa misma admiración que nos produce algo que va más allá de nuestro cabal entendimiento. Porque a pesar de todos los estudios y avances, la vista no deja de ser un gran don y un profundo misterio. Don y misterio que nos hace imposible describir los colores y el destello de las formas a una persona no vidente.

Otra esfera notable es, sin duda, su elección de artistas emblemáticos que trabajaron este rasgo; entre ellos, Bourgeois, Miró, Van Gogh. Porque para cualquier artista “visual”, la visión es primordial y da sentido a su quehacer. No en vano el arte está hecho para ser contemplado y apreciado. Todas las cosas “entran por la mirada”. El impacto visual es siempre decidor.

Luces y sombras nos invitan a mirar a nuestro alrededor y apelan a la ambivalencia de la visualidad, que contiene en sí como posibilidades siempre ciertas la gracia de ver, o la desgracia de perder la vista o no haberla poseído nunca.

Vattier aborda estas ideas de forma acuciosa, haciendo que de alguna manera demos gracias por tener la fortuna de ver, y la capacidad de disfrutar de lo que vemos.


Bárbara Becker Gana
Licenciada en Historia y Estética
Pontificia Universidad Católica de Chile.